jueves, 28 de marzo de 2013

Aprender a Reaccionar de la manera más conveniente a lo que nos ocurre


Nuestra forma de sentir depende de las conexiones que se han establecido
entre nuestro cerebro y las glándulas endocrinas. Por su parte, estas
conexiones se han ido creando como resultado de las experiencias que
hemos vivido a lo largo de la vida. En contra de lo que tradicionalmente
se había pensado, la neurociencia contemporánea ha demostrado que
nuestro cerebro es enormemente plástico, es decir, que su anatomía es
modifi cable a partir de múltiples experiencias relacionales. Modifi car
la forma en que sentimos es una tarea compleja que requiere cambiar
dichas conexiones. La refl exión racional y la voluntad son escasamente
efi caces a la hora de modifi car las conexiones neuroendocrinas que determinan
nuestra forma de reaccionar emocionalmente. Con todo, los
humanos hemos evolucionado y nos diferenciamos de los otros grandes
simios por nuestra capacidad de utilizar nuestras relaciones con los demás
para aprender a regular las reacciones emocionales. Por lo tanto, en
la especie humana las relaciones son la fuente principal de donde aprendemos
nuevas formas de afrontar emocionalmente la vida.
Nuestro cerebro ha evolucionado para compartir estados emocionales.
A diferencia de los otros grandes simios, en los últimos seis millones

de años los humanos hemos evolucionado para alcanzar la capacidad
del «yo siento que tú sientes lo que yo siento». Desde el mismo momento
del nacimiento, los humanos buscamos la conexión emocional con
nuestras crías: las tomamos en brazos, nos las ponemos cara a cara, y
buscamos algún intercambio de señales (expresiones faciales y sonidos
bucales) que nos hagan tener alguna sensación, aunque rudimentaria,
de sentir cosas similares. Pasados los dos primeros meses, el bebé ya puede
intercambiar sonrisas con sus cuidadores: un hecho que constituye
una de las primeras evidencias de que ambos, bebé y adulto, comparten
un estado de bienestar. ¿Por qué, para unos padres, es tan gratifi cante
conseguir esa conexión con su niño a través de la sonrisa?
Bonobos y chimpancés, los primates que más se nos parecen.

En realidad somos una especie de Mono. Una especie de mono muy especial.

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