jueves, 15 de septiembre de 2011

Hablar con El corazón Javier Guix

Hablamos y hablamos, aunque en realidad no decimos nada porque lo que sucede verdaderamente se encuentra en planos más sutiles: el lenguaje no verbal, la energía que emanamos, las intenciones y motivaciones profundas. Sin embargo, necesitamos de las palabras para comunicar y dar sentido y contexto a la experiencia. La realidad no se desprende directamente de estas, sino de las maneras que utilizamos para explicarlas y comunicarnos mediante ellas. Wittgenstein, el filósofo vienés, acarició esta idea al decir que la palabra no era la cosa y que para interpretarla era necesario contextualizarla y entender su función. En una línea parecida, J. L. Austin recuerda que con las palabras no solo decimos, sino que hacemos cosas, jugamos con ellas con el propósito de influenciar en los demás.

Amar sin ataduras
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"El coraje supone un acto de amor hacia uno mismo y hacia la vida. Porque amamos somos bravos y no a la inversa"

Todo esto, empero, no significa que las palabras sean poca cosa. Cada una de ellas llega a las diferentes estructuras nerviosas y orgánicas, y posee el poder de alterar el estado bioquímico del organismo, así como construir o reconstruir redes neuronales que permitan procesar la información de forma saludable. Las palabras impactan en nuestro cerebro, resguardadas en nuestra memoria semántica y episódica. Una sola palabra puede bastar para despertar esas memorias y actuar como estímulo disparador de recuerdos y emociones. Vamos a ocuparnos de tres de ellas, cuya composición se deriva del corazón: coraza, decoro y coraje.

Coraza

"El humor es la gran coraza con la que uno se defiende de este valle de lágrimas" (Camilo José Cela)

La función de la coraza es sobradamente conocida en la lucha: proteger las partes más sensibles que pueden ser mortalmente dañadas en un combate. También es la concha que cubre a algunos animales, como las tortugas. No obstante, desde una perspectiva psicológica la coraza simboliza la protección contra las posibles heridas del corazón.

Es conocida nuestra tendencia a acudir siempre a lo mental cuando presentimos que se avecinan el dolor y el miedo. La creencia de que no vamos a soportar según qué circunstancias hirientes acarrea tres tipos de respuesta: la evasión, la protesta y el exceso de raciocinio.

A menudo, darles vueltas a las cosas solo tiene por objeto evitar adentrarse en las profundidades de lo que duele. De ahí la inutilidad de preguntarse tantas veces: ¿por qué?, ¿por qué?

Hay dos maneras, al menos, de abandonar ese caparazón de dureza que no permite al corazón expandirse plenamente. La primera es permitir que el dolor se exprese, en lugar de reprimirlo. El miedo a no poderlo soportar o la vergüenza de hacerlo ante los demás solo es una creencia. El corazón descansa y respira cuando se bate sin ataduras. La otra manera es generando confianza, es decir, aprendiendo a confiar en su sabiduría.

La neurocardiología admite la existencia de una red de más de 40.000 neuronas relacionadas entre sí formando lo que han llamado el "cerebro cardiaco". Es tal la sofisticación de este cerebro que se ha comprobado que provee al corazón de la capacidad de sentir independientemente; por tanto, capacidad de procesar (aprendizaje), almacenar información (memoria) y tomar decisiones. En esencia, el corazón aparece ahora a la luz de la ciencia como un sistema inteligente.

Decoro

"La sed por el oro socava el decoro" (anónimo)

La expresión parece haber entrado en desuso, aunque el "decoro" sigue siendo una demanda de la conducta social. Según las definiciones formales, podríamos llamar decoro a la dignidad en el comportamiento y el aspecto. Dicha dignidad no consiste en una pose, lo que devendría decoración, sino en una actitud de hacer las cosas de forma autentica y armónica. Dicho de otro modo, hacerlas de corazón.

El decoro se basa en la bondad innata del corazón. Todo acto nacido en esa bondad no puede, ni quiera otra cosa, que no sea lo bello. La belleza adquiere dimensión cuando es contemplada desde el alma, en una percepción que trasciende la vista y la forma. Ante lo que realmente es bello, invisiblemente bello, nos sentimos arrebatados, dulcemente sacudidos en nuestro interior. Allí se despierta una contemplación que nos deja sin palabras.

El decoro que se limita a lo estético deviene escenario y convierte en actores a sus protagonistas. Lo que nace del corazón es una caricia de autenticidad, digna, y sobre todo amable hacia los demás. Tal vez sea la amabilidad la perfección del decoro.

Coraje

"Tres facultades hay en el hombre: la razón, que esclarece y domina; el coraje o ánimo, que actúa, y los sentidos, que obedecen" (Platón)

Solemos implorar coraje como llamada al valor de soportar adversidades. Así como a los guerreros se les exigía bravura, a nuestros conflictos cotidianos y a la lucha contra nuestros miedos se nos propone que tengamos perseverancia, palabra que viene del griego proskartere, que literalmente significa ser intensivamente fuerte, soportar, permanecer de pie bajo cualquier circunstancia de sufrimiento.

En el ideograma chino y japonés, la palabra coraje quiere decir el amor que causa la habilidad de ser bravo. Al sugerir una actitud con coraje, no estamos haciendo una llamada a la valentía, ni a una fuerza extrema, ni muchos menos resignación alguna ante el sufrimiento. En realidad, estamos soplando al corazón para que adquiera su fuego natural, en un acto de amor hacia uno mismo y hacia la vida. Porque amamos, somos bravos, y no a la inversa. Solo así pueden entenderse los gestos y las gestas extraordinarias que han conseguido muchas personas nada sospechosas de ocultar un ardido guerrero.

Dejarnos llevar por el corazón

"Los que de corazón se quieren solo con el corazón se hablan" (Francisco de Quevedo)

Como hemos visto, hay palabras con corazón aunque lo que interesa en el fondo es el corazón de las palabras, es decir, de dónde emergen cuando son pronunciadas. Más allá de las etimologías, de los usos del lenguaje y el contexto en el que se expresan, las palabras tienen sonoridad porque nacen en un vientre energético que las hace resonar. Pertenecen al sentir de nuestro interior, al estado de un organismo que respira y vibra según le late el corazón.

A menudo hablamos de los caprichos del corazón como si de un loco aventurero se tratara, cuando en realidad es un sistema de inteligencia existencial. A diferencia del sofisticado complejo mental, el corazón guarda esencias imposibles de descifrar porque pertenecen al más allá de uno mismo. Es nuestra fuente de alimentación, el conector de una red invisible de interdependencias que crea un campo indestructible e imperecedero como es el amor. Si no nos dejamos llevar por sus manifestaciones sutiles y misteriosas, poco vamos a comprender este mundo. Mejor entonces dejarnos llevar por el corazón, por las expresiones que nacen en su regazo. A menudo nos deja sin palabras.

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